Si vas a castigar mi ambición

Un amigo me contó una vez que el único problema que algunos hombres tienen con la ambición femenina es que les cuestiona, que les pone en tela de juicio. Estábamos tomando una cerveza y divagando sobre lo divino y lo humano de la vida. Pensé que no me vería en otra como esa: con un hombre tan diestro emocionalmente, en zona protegida por el vínculo de una amistad incipiente, capaz de sacar una teoría sobre el asunto. El júbilo del viernes hizo el resto en mi atrevimiento de formular una pregunta que llevaba años en mi cabeza.

¿Por qué crees que a muchos chicos jóvenes les molesta más que una chica les dispute un puesto de trabajo, que si lo hiciera un amigote suyo? Sorbo de cerveza, cara de angelito. El obús irrumpió en escena.

Avergonzado por la magnitud de lo que iba a soltar en mi cara, respondió tras algún rodeo. “Muchos piensan que si esa mujer ha podido lograr eso [un puesto de trabajo, ascenso, aumento de sueldo, beca] que yo ambiciono, aún a sabiendas de que lo tiene más difícil, porque es evidente que lo ha tenido más difícil para imponerse, para hacerse respetar, para que la tomen en serio… Entonces ¿En qué lugar me pone a mí eso, si yo por ser tío no he tenido ni la mitad de cuestionamiento?”. Son sus ataques de sinceridad, de masculinidad no tóxica, lo que le convierten en mi amigo.

Ese día llegué a la conclusión de que cuando a un hombre le molesta la ambición de una mujer es porque ve en su vuelo la pérdida de un papel de supremacía (intelectual, vital, moral, afectiva…) que cree que debería ejercer frente a ella, en su vida.

Digo expresamente la ambición de una mujer –podéis lincharme más abajo– porque no he visto equiparación con el caso de un hombre, cualquier amigo. En ellas, aún abunda la creencia de que hay que darles algo, cumplir una función en su vida, porque no basta con dejarlas ser, y punto. Ese algo es la tutela. Es el estar por encima de ella, más por ego suyo, que por incapacidad nuestra.

Muestra es que nadie intentará poner una sola traba a la ambición masculina, porque lleva siglos legitimada socialmente. Se le aplaudirá, se le alabará el gusto, o se le odiará por su voracidad profesional o en la vida. Será tu competidor, si eres chico, y también te molestará cuando otro hombre lo sea. Pero cuando lo sea una mujer, se despertará algo más que el mero instinto de competencia. Cuando tú seas la que ambiciona, se activará un temor más profundo dentro suyo: el cuestionamiento. Muchas de las mujeres con más poderío que conozco lo han vivido. 

Si ella era la competidora, se la trataba de usurpadora. Qué se habrá creído esta bruja, viniendo a buscar algo que no le corresponde. Si el competidor era su amigo, va de suyo que la naturaleza le hizo con derecho a reivindicar esas mieles del triunfo. Claro, es su sino. Cómo no iba a exigir alguien una justa correspondencia laboral, debido a su intelecto, sus capacidades, sus anhelos…

Duele, pero hay que decirlo en bruto para todas esas mujeres que no entienden el por qué de tanta inquina.

La segunda arista es el paternalismo. Cuántas veces se acerca alguien a explicaros lo que os conviene. Tan jovencita, educada… cómo vas a saber tú lo que te conviene, querida. El aire con que te hablan da tanta vergüenza, que te dan ganas de sacar tu biografía vital y recordarle todo lo que has hecho sin su consejo. Ni por un momento dudéis de lo que queréis vosotras: nadie lo sabe mejor ahí fuera. El sistema todo el tiempo te bombardea para que descarriles. Por favor, no cedas.

La última arista tiene que ver con el creacionismo. La mujer entendida como costilla de lo masculino. Creer que yo te he dado tu valía también es una forma de tutela. Como el jefe que aplaude y avala la ambición de un compañero, cuanto más se luce, más crack le parece. Qué legítimas suenan sus ansias de prosperar en su trabajo y en la vida. Hasta le ofrece de todo para que no se vaya, para se quede. Aunque él le creó profesionalmente, acepta su valía y su vuelo más allá de su dominio.

Pero de mientras, tu ambición se castiga de la forma más cruda: nada de prebendas, a ti te he creado yo, y te quedas con mis condiciones. Lo lamento, si tienes vuelo propio, o no te gustan, niña.

Así que si vais a castigar nuestra ambición, sed valientes y haced como mi amigo.
Si vas a castigar mi ambición, al menos dímelo a cara. Te espero.

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