No en mi nombre, mujer

Se empieza a extender en España un discurso femenino que se vende a sí mismo como progresista pero que le hace llamativamente el juego al conservadurismo al meterse en el ámbito de la familia con cánones sutiles, aunque nada inocuos, sobre lo que sería hoy una buena chica, una buena esposa, en definitiva, una buena mujer. Te imponen las bondades de la lactancia. Comentan cuál debe ser tu rol en una relación. Se jactan de buscar un marido que demuestre que podría sustentar a tus hijos. E incluso, te reducen a una niñata disfuncional si tienes una edad y ninguna aspiración de ser mamá.

Sin embargo, nada podría resultar más pernicioso para las mujeres en la actualidad, asumiendo lo que se nos viene encima en el tablero político nacional. Esto es, las pulsiones involucionistas sobre nuestros derechos y libertades, que vuelven a estar en tela de juicio sin ningún pudor. La prueba del algodón es cómo el aborto se ha convertido de nuevo en un tema de discusión en la España del siglo XXI. Descubrimos con asombro que hay mujeres que no pueden abortar en la sanidad pública por la figura masiva del objetor. O incluso, que algunas sufren acoso a las puertas de las clínicas para recordarte una vez más, muchachita, que su libertad está mal, pero que muy mal. 

No hay que ser naif, nada en la sociedad que nos rodea es hoy causal en lo relativo al rol femenino. A la mujer se la lleva tratando de controlar desde que existe la humanidad a través de unos pocos ejes, siendo la culpabilidad y sus derechos de emancipación los más potentes grilletes cuando se trata de hacernos retroceder, y de callar. 

Comentaba al respecto la feminista Gloria Steinem en las páginas de El País la revolución que supone el feminismo en la batalla contra el giro reaccionario o ultraconservador. “Las feministas interferimos en la base de su jerarquía, que es el hogar” deslizaba en alusión a la ultraderecha. Esa ideología parte siempre desde la cosmovisión de una familia tradicional, donde la mujer es madre de los hijos, cuidadora principal, o señora de la casa. Por ese motivo, y con el fin de lograr su propósito de revertir el modelo de progreso y libertad, añade Steimen: “El autoritarismo comienza con el control sobre el cuerpo de las mujeres”. 

Como en la mitología griega, donde la aparición del personaje femenino preconiza el advenimiento de un nuevo orden sociopolítico. Si la mujer sale de la casa, de la cocina, de los cuidados, el sistema neoconservador no se aguanta porque todo pivota sobre la esfera en la que ella esté. Es nuestra lucha por la emancipación, a la sazón, lo que transforma el modelo de sociedad. La mujer en la esfera privada siempre remite al modelo tradicional. La mujer en la esfera pública siempre es sinónimo de un modelo de libertad. Dónde pongamos el foco determinará la lucha que le demos en adelante al modelo regresivo, ultraconservador. 

Ahora preguntaos, con toda sinceridad, cuándo en los últimos tiempos habéis leído a una mujer desde alguna tribuna influyente hablando con orgullo de lo que es estar soltera. O de su alegría de salir a disfrutar de la vida sin pensar en si quiere ser madre algún día, o jamás. Acaso, últimamente, habéis escuchado a una fémina confesar cómo el entorno castiga su ambición mientras ella aspira a triunfar en su profesión. Este es mi artículo, así que respondo yo: no lo he escuchado, no. Qué curioso. Como si de pronto la mujer hubiera roto el techo de cristal, logrado cerrar la brecha económica laboral, o la paridad estuviera a la orden del día. Oye, todo resuelto, qué bien. 

Ahora preguntaos cuántas veces os llegan mensajes en la actualidad sobre la moral de buena chica, de buena mujer. Tic-Tac. Ajá. Asistimos al bombardeo constante, a la eclosión de un nuevo puritanismo que viene a ordenar nuestras vidas, quizás para salvarnos de nosotras mismas, cuando no hemos pedido esa salvación. Ese puritanismo podría comentarte la última receta que le hizo a su marido la noche anterior, pero no cómo a un compañero de trabajo le dieron ese ascenso que por mérito merecías tú más. Nos dicen que, al parecer, denunciar las injusticias de género no conecta con la gente de a pie, pero hablar de roles románticos, curiosamente, sí.  

Pero el drama va todavía más allá de la aparente frivolidad. Lo que pasa es que hay quien cree que hemos ido demasiado lejos en la persecución de nuestra libertad. Que nos hemos quejado demasiado, qué pesadas sois. Hay una progresía que se cree lo que le ha dicho lo conservador, con su dedo acusador: que sois unas quejicas y unas feminazis, que no estáis tan mal para andar todo el día así. Y es falso, de toda falsedad, como se suele decir.

Fijaos por un momento quiénes aplauden esa claudicación de la mujer, aunque todavía muchas sigamos sintiendo que lo de la igualdad real no está resuelto cien por cien. A quién le está encantando que hablemos de cosas de buena mujer. A mi abuela, desde luego, no le gustaría saber que por asomo yo creí que su vida en los años 50 era mejor. Porque ella admiraba mi rabiosa lucha en la esfera pública, a la postre, mi libertad.

Por eso, ese puritanismo es el mejor aliado de la reacción. Cuando vengan a quitarnos el derecho a abortar, a controlar nuestros cuerpos para imponer su modelo de sociedad, dadle las gracias a quién cree que está demodé luchar por tu emancipación. Lo preocupante es que el discurso neoconservador goza de tanta aceptación, incluso pasando como nueva modernidad, que está allanando el camino a quienes quieren laminar nuestros derechos cuando lleguen al poder. 

Así que todas y cada una de las veces que vengas a imponerme tu moral, me acordaré de Steinem y pensaré: Por la libertad de nuestra sociedad, por la mía, y por las que vendrán: No en mi nombre, mujer.