El juicio por el 1-O revienta una entente del bipartidismo

2 de agosto de 2018. Pedro Sánchez recibe a Pablo Casado en la Moncloa, primera reunión del nuevo presidente con el flamante jefe de la oposición. El gabinete gubernamental habilita la sala principal de ruedas de prensa para el popular, en una exaltación sutil de su figura. “Con Podemos y Ciudadanos podemos contar para otras cuestiones…”, pero para las de Estado están Partido Popular y PSOE, insinúan fuentes cercanas a Casado al salir de la reunión. La visita de Albert Rivera, en cambio, ni está ni se la espera, sugieren desde Presidencia. La vieja táctica de Mariano Rajoy de ignorar a los nuevos para reflotar al bipartidismo.

24 de octubre. Crispación en el Congreso. Casado acusa directamente al presidente del Ejecutivo de ser “partícipe y responsable del golpe de Estado” en Cataluña. Este exige al popular que rectifique y el primero se niega. A su lado, Rivera no le deja solo y arremete contra Sánchez. “Usted está sentado ahí, sin escrúpulos, con los votos de quienes dan golpes de Estado” dice quien otrora fuera el ‘naranjito’. Tiquitaca. Regresa José María Aznar y la política de tolerancia cero con la izquierda. La consolidación de los bloques a cuenta de Cataluña destruye toda entente posible del bipartidismo: de un lado, socialistas, Podemos, independentistas; de otro, PP y Cs.

Y es que el 1-O emerge ya como la piedra de toque que condicionará las alianzas y devenir de la política española, como otrora fueran el Estatut y el recurso ante el Tribunal Constitucional. Esta semana, la Abogacía del Estado se ha desmarcado del relato de la Fiscalía, después de que el Gobierno sanchista se hubiera posicionado antes en contra de la existencia del delito de rebelión. Todo ello, mientras en Moncloa practican el apaciguamiento y siembran en el horizonte la sospecha velada del indulto –como se desprendió de las palabras de la delegada del Gobierno, Teresa Cunillera, o del primer secretario del PSC, Miquel Iceta.

Ante esa situación, Casado dará batalla contra quienes califica de “golpistas”,  mientras presiona desde el Senado con una aplicación del 155 sin necesidad de “vulneración flagrante de la legalidad”, como dictaba el mantra marianista, el cual anteponía contar con el PSOE en todos sus movimientos. No casualmente, ello enlaza con el choque entre Aznar y la exvicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, hace unos meses, cuando esta consideró que debieron haberse coordinado con los socialistas antes de recurrir el Estatut y el expresidente estalló en críticas a través de un informe de la Fundación FAES por ir “en detrimento de las posiciones del PP”.

La cuestión es que el giro de Sánchez en relación con el procés rinde cuenta de una minuciosa evolución estratégica para llegar al poder. Meses ante de la moción de censura, su equipo lanzó una operación para ‘construir un presidente‘ endureciendo la línea contra el independentismo para relanzarse en 2020. Es decir, se subió a la ola patriótica de PP- Cs con que diferenciarse de Podemos y sacar réditos: reforma del delito de rebelión, legislar para que los cargos públicos acaten la Constitución expresamente  –algo que no hicieron ni Carles Puigdemont ni Quim Torra… Eran tiempos del 155 y el socialista debía dejar atrás sus tumbos con la plurinacionalidad sin derecho a decidir.

Sin embargo, no es sólo la coyuntura presupuestaria lo que alimenta ahora el tumbo con Cataluña. Ya el pasado 3 de agosto, fuentes cercanas a Sánchez dejaban en standby la reforma del Código Penal. Cambio de estrategia, se desprende que los socialistas asumen que sólo permanecerán en el poder si priorizan a nacionalistas y Podemos. Pues en tiempos de Rajoy no se percibía así, sino a la inversa; de hecho, en 2016, el PP pactó en exclusiva con los socialistas la subida del salario mínimo y pobreza energética – golpe a formación morada. A cambio, el horizonte de elecciones autonómicas urgía pactos PP-PSOE sobre pensiones, educación, agua, financiación… –todo para arrinconar a Podemos y Cs.

Pero Sánchez ha asimilado la lógica de bloques, con un juicio por el 1-O en ciernes que polarizará la política española. Gracias a la entente con Podemos, las encuestas muestran la deglución lenta del PSOE al partido de Pablo Iglesias, afincado este ya como vicepresidente en la sombra. Cuanto a los nacionalistas, estos podrían quedar atados a apoyar a los socialistas durante tiempo, ante el riesgo del avance de PP-Cs. Y todo ello, mientras en Moncloa se regocijan porque el centro empiece a quedar libre, visible en el escoramiento que el CIS da a la formación naranja: su ubicación ideológica es de 7,25, y se acerca cada vez más a la del PP (8,31).

De hecho, el Gobierno contempla la irrupción de VOX como otra oportunidad para que PP y Cs sigan enzarzándose por el extremo. Constatado quedó en el debate del miércoles, cuando Sánchez acusó a Casado de “hacer manitas ideológicas” y le instó a explicar “qué valores esenciales comparte con VOX”. Lo mismo Pablo Iglesias, quien calificó al popular de “líder de la extrema derecha europea” en el pasillo. Incluso, Jordi Xuclà del PDeCAT arremetió en esa línea. Y el propio CIS contribuyó al desgaste, con la introducción de las preguntas: “¿Qué partido cree que hace más para que haya crispación?”, y ¿A qué partido afecta más la corrupción?”. Pablo Casado. El Partido Popular. Casualmente.

Así las cosas, los populares deberán medir la estrategia, pues la relación con su alter ego podría no resultarle tan provechosa como al PSOE con Podemos. En los últimos días, Cs ha pisado el freno y el tono –quizás consciente de la derechización que le daban los sondeos– en un intento de acercarse al centro, donde hace meses dejó de recibir electorado socialista. Es más, la formación naranja evita mencionar la palabra “VOX”, mientras el PP empatiza en público con sus votantes. Ahí es donde Casado queda atrapado en la trampa que le empuja al extremo y el despeñe, alimentado a su “mellizo” Albert, en palabras de un Gobierno que ansia también instalarse en el centro.

29 de agosto. Inés Arrimadas y Rivera retiran lazos amarillos en Calella. Los populares se desmarcan, pese a que el secretario general Teo García Escudero había dicho días antes que él mismo lo haría con sus propias manos, si fuera menestar. Sorpresón a la derecha. Inexplicable. ¿Creían acaso en Génova que pisar el freno del conflicto –y cerrar filas con el PSOE en esa cuestión– era la forma de dejar fuera de foco y escorar a Ciudadanos? Ah. Pero eso era quizás en tiempos del bipartidismo Sánchez-Rajoy. Imposible ya a las puertas del juicio del 1-O con una crudísima política de bloques en ciernes.

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