Sánchez, tiempo de descuento

Pudo pensar “y a mí para qué me han traído” el ministro que más lejos ha llegado del Gobierno, Pedro Duque, al marcharse el viernes de la rueda de prensa de Consejo de Ministros sin que ningún periodista le formulase pregunta. Aforamientos, jueces… Ah. Qué aguerrida prensa, siempre con “polémicas ficticias”, afeó la portavoz Celáa al inicio, pese a que se nos escapó pedir por lo “cutre” del libro del presidente, según Iglesias. Y no es que el titular de Universidades llegase ligero de artillería -prometió promocionar entre las niñas carreras científicas ¡Viva!-. Es que el efecto celebrity ya no impresiona y el Ejecutivo ha entrado en fase de descuento, desde que Rivera acelerase el desgaste con el dardo de la tesis, seguido de opinión publicada que no piensa aceptar explicación opuesta.

Porque a la campaña electoral que debía ser este mandato se le ha caído el brilli-brilli, de rectificación en escándalo, y siguiente, incapaz de sobreponerse, ensombreciendo hasta su fina estrategia. La anécdota: llevando al -nada menos- astronauta Duque a salir escurridizo de la sala de prensa de Moncloa, casualmente, cuando alguien le mencionó entre bambalinas el infortunio de estrenarse con el embrollo adyacente a su ministerio. La evidencia: que ni el marketing de la reforma de los aforamientos surte ya golpe de efecto, menos cuando se endosa al Consejo de Estado el proyecto –quizás evidencia de la improvisación para desviar la atención y poner contra las cuerdas al dirigente del Partido Popular, Pablo Casado.

Y es que si el objetivo del Gobierno era maximizar la visibilidad del BOE para romper el suelo de los 85 escaños y ganar las elecciones, la ministra Nadia Calviño -a quien dejan exhibir poco su poderío, entre el embrollo con los impuestos, los destellos de desaceleración y los sudoku presupuestos- podría deslizarle la teoría de los rendimientos negativos. Esto es, que por más tiempo en el Ejecutivo, pareciera ya que el PSOE no pueda mantener el chute de adrenalina o la “luna de miel” de haber llegado al poder apartando de un manotazo el inmovilismo de la era Rajoy, comiéndole el pastel regenerador a un Ciudadanos que se abstuvo, y demostrando a la izquierda que puede gobernar con Podemos, en esa suerte de “co-gobierno” experimental de Pablo y Pedro, que culminará cuando sellen las cuentas.

Pero la marea no ha hecho más que subir, y las corrientes de la derecha se revuelven con fiereza. Más, con un Casado libre de investigación por el máster la semana en que José María Aznar reaparecía en el Congreso dispuesto a demostrar a Sánchez cuál es su centro-derecha. El suyo, ese que aspira a “reconstruir” -como avisase hace un tiempo- no da tregua alguna a la izquierdaAu contraire, embiste con crudeza para hacer saltar por los aires cualquier intento del PSOE por sobrevirir un día más. “Me lo he pasado muy bien, tengo ganas de volver y todo” ironizó a la salida de la comisión, el exdirigente. Un Aznar, animal político, que a diferencia del Rajoy burócrata, es admirado por igual entre Casado y Rivera, quienes han bloqueado ya la argucia de los socialistas para saltarse el veto del Senado y condenar así al gobierno a pasar con la senda de déficit del expresidente popular.

Y no será el tiempo de descuento porque Sánchez no haya perseguido sus objetivos. Sobre Cataluña, ha disminuido la tensión -celebran dirigentes independentistas en privado que eso deje fuera de foco a Cs. Esto es, ganarse el favor de ERC y PDeCAT para impedir que gobierne la derecha. En regeneración, ha batallado por la exhumación de Franco, lo que le ha permitido penetrar en un 5 puntos entre el electorado joven, socializado tras la transición y menor de 55 años -como se felicitaba un alto cargo, por ser una franja donde tienen dificultades, al estar copada por la nueva política. Y a la izquierda, ha recuperado la Sanidad Universal pero sin cuestionar a la monarquía -poniendo pie con pared a Podemos– y situándose en el centro.

Así las cosas, debería barajar Sánchez cuánto más puede sostener el cargo sin desgaste, salvo giro argumental sorpresa, asumido ya que la atención mediática es imprevisible -como constataron con lamento sus cercanos con el caso Huerta- si no que “gobernar es muy complejo” y los medios no fiscalizan buenas intenciones, si no hechos. Pues las elecciones no van a depender de PP y Cs, si no de ÉL, los ‘indepes’ y Podemos, a quien eso no conviene en este momento, pero aventuran qué desean para revalidarle, si pulsa el botón rojo. Los segundos, entrar en el Gobierno, decía Iglesias en una entrevista en El País. ¿Y los primeros? Sugería Cunillera que el indulto no es descartable, Borrell, que Cataluña es una nación, y Calvo, que si el juicio del 1-O se alarga, igual los exconsellers llevan en prisión mucho tiempo.

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